La situación de las agricultoras y ganaderas en España no puede comprenderse sin atender a la profunda heterogeneidad del territorio, tanto desde el punto de vista físico como socioeconómico. La diversidad en climatología, orografía y estructuras productivas, junto con los efectos de distintos procesos históricos y demográficos, ha dado lugar a realidades rurales muy diferenciadas.
Así, conviven sistemas intensivos y tecnificados con modelos extensivos de secano y explotaciones de zonas desfavorecidas, configurando contextos económicos y laborales diversos que condicionan la participación de las mujeres en la actividad agraria.
Desde una perspectiva histórica, la presencia de las mujeres en el sector ha estado marcada por una invisibilidad persistente (Rico y Gómez, 2009). Su trabajo ha sido tradicionalmente concebido como una extensión del ámbito familiar, lo que ha limitado su reconocimiento jurídico, económico y social. Esta falta de visibilidad no implica una ausencia de participación, sino una subrepresentación sistemática de su papel en los relatos agrarios, en las estructuras de poder del sector y en los sistemas de medición oficiales (Baylina y García-Ramón, 2017). Se trata de una herencia histórica que sigue condicionando su posición actual en la agricultura y la ganadería.
Pese a ello, las agricultoras y ganaderas constituyen un pilar fundamental para la sostenibilidad económica, social y territorial del medio rural, no solo por su contribución productiva, sino también por su papel en el mantenimiento de las explotaciones familiares, la diversificación de actividades, la transmisión de conocimientos y la articulación social de las comunidades rurales (Bock y Shortall, 2017). Su implicación resulta clave en el desarrollo de actividades innovadoras (Kingiri, 2013) y su nivel de formación en ámbitos como la digitalización, la gestión empresarial o la mejora de los procesos productivos es cada vez mayor.
En este contexto, resulta necesario ampliar la propia noción de innovación en el sector agrario. Lejos de limitarse a la incorporación de nuevas tecnologías o a la modernización de maquinaria, la innovación en el campo adopta múltiples formas (Knickel et al., 2009). Incluye cambios en la organización de las explotaciones, nuevas estrategias de comercialización, procesos de diversificación productiva o iniciativas que refuerzan la conexión entre la actividad agraria y el territorio.
Asimismo, cobra especial relevancia la innovación social, entendida como el desarrollo de nuevas formas de cooperación, la creación de redes, la generación de espacios de intercambio de conocimiento o el impulso de iniciativas que fortalecen el tejido social y la cohesión territorial. Esta visión amplia permite visibilizar mejor el papel de las mujeres, que con frecuencia impulsan estrategias innovadoras que integran dimensiones económicas, sociales y territoriales (Shortall, 2015).
Partiendo de este marco, el presente artículo tiene como objetivo reflexionar sobre el papel de las mujeres en la innovación agraria, prestando especial atención a sus perfiles, motivaciones y a las barreras que enfrentan en este proceso. El análisis se centra específicamente en agricultoras y ganaderas de zonas rurales despobladas del noroeste de España, un territorio caracterizado por el predominio de sistemas agrarios extensivos de secano y una ganadería diversa, donde las limitaciones estructurales, demográficas y de servicios condicionan de manera significativa el desarrollo de la actividad agraria.
Asimismo, a través de una revisión con perspectiva de género de las políticas agrarias actuales y futuras, se busca extraer aprendizajes útiles para el diseño de políticas públicas y para la actuación de las organizaciones agrarias, con el fin de avanzar hacia un modelo de innovación más inclusivo e igualitario.
Para ello, el artículo combina la reflexión general con evidencias empíricas procedentes, entre otras fuentes, del proyecto europeo GRASS CEILING, en cuyo Living Lab español han participado agricultoras, agricultores y agentes del sector, permitiendo recoger experiencias y percepciones directas sobre los procesos de innovación en el ámbito agrario.
Mujeres innovadoras en el sector agrario: perfiles y motivaciones
En términos cuantitativos, el peso económico formal de las agricultoras en España sigue siendo reducido. Según la Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas de 2023 (INE, 2025), las mujeres representan el 28,9% de las personas jefas de explotación. Esta cifra es aún menor en regiones despobladas caracterizadas por sistemas agrarios extensivos, como Castilla y León o Aragón, donde apenas alcanza el 22%. Además, la presencia de mujeres jóvenes es especialmente limitada, situándose la proporción de menores de 45 años en torno al 13%, lo que refleja las dificultades de relevo generacional femenino en el sector.
Esta desigualdad se acentúa a medida que aumenta la dimensión de las explotaciones (Gráficos 1 y 2), concentrándose las mujeres en unidades productivas de menor tamaño físico y económico y, por tanto, con menor capacidad para aprovechar economías de escala.


Además, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (2025), las agricultoras perciben alrededor del 25% de las ayudas directas de la Política Agraria Común (PAC), con importes medios inferiores a los de los hombres, reflejo de su menor acceso a la titularidad y a explotaciones de menor dimensión económica. No obstante, estos datos deben interpretarse con cautela, debido a las limitaciones y disfuncionalidades de las estadísticas agrarias disponibles.
Por un lado, algunas mujeres figuran como titulares por motivos administrativos, sin ejercer necesariamente un control efectivo de la explotación. Por otro, muchas otras participan de forma activa en el trabajo agrario sin reconocimiento formal. Esta doble distorsión limita la capacidad de las estadísticas para reflejar con precisión el peso real de las mujeres en el sector.
Más allá de estas limitaciones estadísticas, la evidencia empírica muestra que las mujeres están desempeñando un papel creciente en los procesos de innovación agraria (Ball, 2020). A partir de los resultados obtenidos en el Living Lab desarrollado en el marco del proyecto europeo GRASS CEILING, es posible identificar tanto los principales ámbitos en los que se concentran estas innovaciones, como algunas diferencias relevantes en la forma en que mujeres y hombres abordan el cambio en sus explotaciones.
En primer lugar, se ha observado que, tanto en hombres como en mujeres, una parte importante de las innovaciones se orienta hacia la mejora de los procesos productivos. Estas incluyen la incorporación de maquinaria más avanzada, la digitalización de procesos técnicos y de gestión, así como la introducción de nuevos cultivos que permiten mejorar la sostenibilidad mediante rotaciones.
En el ámbito ganadero, las innovaciones se centran en la mejora de la calidad, la sanidad y el manejo de los animales. Este tipo de innovaciones responde, en gran medida, a la necesidad de aumentar la eficiencia y la competitividad en un contexto de creciente presión sobre los costes y los márgenes de las explotaciones.
Una visión más amplia de la innovación
En este sentido, es frecuente encontrar iniciativas vinculadas a la venta directa, los canales cortos de comercialización, el agroturismo o la transformación de productos, que permiten generar valor añadido y reforzar el vínculo con el territorio. Asimismo, aparecen con mayor intensidad elementos asociados a la innovación social, como la creación de redes, la participación en asociaciones o la colaboración con otros agentes del sector.
Estas diferencias no implican que hombres y mujeres innoven en ámbitos completamente distintos, sino que apuntan a una mayor diversificación y complementariedad en las estrategias desarrolladas por las mujeres. Tal y como señalan distintos agentes del sector, cuando las mujeres se incorporan a las explotaciones tienden a introducir cambios significativos, ya sea mediante la incorporación de nuevos cultivos, la apertura de nuevas líneas de negocio o la transformación de los canales de comercialización. Las mujeres aspiran a introducir nuevas ideas y enfoques que contribuyan a dinamizar y diversificar la explotación.
En relación con los motivos que subyacen a la hora de emprender un proyecto innovador, todos los profesionales del sector participantes en el Living Lab han coincidido en considerar la innovación como un elemento clave para la viabilidad de sus explotaciones. Reconocen la necesidad de introducir cambios a corto o medio plazo en pro de conseguir una mejora continua de sus negocios.
No obstante, también en este ámbito se aprecian algunos matices de género. En el caso de las mujeres, la innovación aparece con mayor frecuencia como un proceso planificado y continuado, que combina mejoras productivas con formación, aprendizaje y conexión con el entorno. La innovación no se percibe como una actuación puntual, sino como una estrategia necesaria para adaptarse a los cambios del sector y construir proyectos agrarios sostenibles en el tiempo.
Además, en muchos casos se vincula no solo a objetivos económicos, sino también a la mejora de la calidad de vida, la organización del trabajo o la reducción de la carga física y mental asociada a la actividad agraria. Por el contrario, entre los hombres, aunque existe un reconocimiento generalizado de la importancia de innovar, la decisión de introducir cambios aparece en muchas ocasiones más condicionada por factores como el riesgo económico o la estabilidad de la explotación. La innovación se percibe como necesaria, pero también como una fuente potencial de incertidumbre, especialmente en un contexto de márgenes ajustados y elevada volatilidad en los mercados.

En conjunto, estas evidencias permiten afirmar que las mujeres no solo participan en los procesos de innovación agraria, sino que lo hacen aportando enfoques y estrategias que amplían el propio concepto de innovación. Su capacidad para integrar dimensiones productivas, sociales y territoriales las sitúa como agentes clave en la transformación del sector agrario, especialmente en contextos rurales donde la sostenibilidad económica debe ir necesariamente acompañada de la vertebración social y del mantenimiento del territorio.
Barreras que encuentran las mujeres para innovar
Las mujeres, como se ha señalado, juegan un papel crucial en la dinamización del medio rural por su diferente concepción y desarrollo de los procesos innovadores. Sin embargo, y a pesar de los avances sociales experimentados en las últimas décadas en materia de igualdad en distintos niveles (institucional, laboral, personal), las agricultoras y ganaderas siguen estando sujetas a una realidad socialmente construida que refuerza los roles tradicionales, limitando su posición de liderazgo en la toma de decisiones ligadas a los procesos innovadores (Bock y Shortall, 2017).
Estas limitaciones están condicionadas por un conjunto de barreras personales y socioculturales que inducen a una baja confianza en sí mismas y una percepción limitada de sus propias capacidades a la hora de emprender o liderar procesos de innovación. Estas percepciones, a su vez, están profundamente ancladas en la persistencia de estructuras patriarcales que siguen organizando de forma desigual la distribución de las responsabilidades familiares, generando restricciones estructurales a la conciliación y, en consecuencia, a la participación plena de las mujeres en la actividad agraria. A ello se añade la escasez de referentes femeninos en posiciones de liderazgo, lo que no solo limita sus aspiraciones, sino que contribuye a reproducir su invisibilidad y exclusión de los espacios de toma de decisiones.
Las condiciones rurales-territoriales también ejercen una influencia profunda sobre la capacidad de las mujeres para innovar. La despoblación, el envejecimiento demográfico y la masculinización del medio rural limitan la disponibilidad de capital social y redes de apoyo. La persistente insuficiencia de servicios esenciales —sanidad, cuidado infantil, educación o transporte— impone cargas adicionales a las mujeres rurales, restringiendo tanto su tiempo como su movilidad (Pinilla y Sáez, 2021).
En muchas zonas despobladas, la deficiente conectividad digital limita aún más el acceso a la formación, los mercados y los ecosistemas de innovación. Estas vulnerabilidades territoriales generan un entorno desfavorable que no solo limita la participación de las mujeres en la innovación agraria, sino también su permanencia en las zonas rurales o su regreso a ellas.
Las restricciones estructurales del sector agrario condicionan la capacidad de innovación tanto de hombres como de mujeres. Sin embargo, varias de estas limitaciones afectan con mayor intensidad a las mujeres. En particular, las agricultoras que trabajan en explotaciones familiares —predominantes en zonas rurales despobladas— deben operar en sistemas productivos que a menudo carecen de economías de escala, lo que reduce su competitividad y rentabilidad en un contexto económico en el que estos atributos son esenciales para la viabilidad a largo plazo (Pinilla y Saéz, 2021).
Estas limitaciones se ven agravadas por el proceso de digitalización del sector, pues como ya se ha comentado, muchas mujeres siguen enfrentando barreras relacionadas con una conectividad insuficiente, oportunidades de formación limitadas y la ausencia de servicios de asesoramiento con perspectiva de género. Además, la posición vulnerable de los agricultores en la cadena de valor —caracterizada por la concentración del mercado, la volatilidad de precios y el bajo poder de negociación— restringe aún más la capacidad de las mujeres para invertir, diversificar o adoptar prácticas innovadoras (Abad-Segura et al., 2024).
Como resultado, las explotaciones de menor tamaño tienen dificultades para encontrar un encaje claro dentro del marco económico actual del sector agrario en su conjunto. Sin embargo, estas explotaciones familiares son ampliamente reconocidas como pilares clave de la agricultura sostenible, debido a su arraigo territorial, su contribución a la agrobiodiversidad y su papel en el mantenimiento de la cohesión social rural (FAO, 2015). La participación de las mujeres en estos sistemas es especialmente relevante, ya que sus actividades suelen alinearse con prácticas orientadas a la sostenibilidad, como la agroecología y los circuitos cortos de comercialización.
Las barreras institucionales y de gobernanza también condicionan de manera significativa las oportunidades de las mujeres para participar en la innovación agraria. Las políticas agrarias y rurales europeas suelen operar bajo supuestos “ciegos al género”, priorizando la productividad y la eficiencia del mercado sin reconocer de forma efectiva las necesidades y limitaciones diferenciadas de las mujeres (Shortall, 2015).
Esta neutralidad de género limita el acceso de las mujeres a la tierra, al crédito, a los servicios de asesoramiento y a las estructuras de toma de decisiones. Además, la fragmentación de la gobernanza y la complejidad de los requisitos administrativos reducen la eficacia de las medidas de apoyo existentes, afectando de manera desproporcionada a las mujeres, que ya enfrentan restricciones de tiempo vinculadas a las responsabilidades de cuidados (Pe’er et al., 2020). Como resultado, las medidas en favor de la igualdad formal a menudo no se traducen en mejoras sustantivas en la capacidad de las mujeres para innovar.
La interacción entre estas barreras —determinadas por factores socioculturales, rurales, sectoriales, e institucionales y estrechamente interrelacionadas mediante intensas relaciones causa-efecto— evidencia que la innovación agraria liderada por mujeres no puede entenderse como un proceso individual, sino como el resultado de un sistema fuertemente condicionado. Estos factores, en su conjunto, configuran los mecanismos que definen el complejo sistema de la innovación femenina en la agricultura y la ganadería.
El proyecto GRASS CEILING ha analizado en profundidad estas dinámicas a través del Living Lab, llegando a la conclusión de que las principales barreras se concentran en el ámbito sectorial y de gobernanza, donde la crisis del modelo de agricultura familiar, la limitada rentabilidad de las explotaciones gestionadas por mujeres y la insuficiente incorporación de la perspectiva de género en las políticas públicas, actúan como restricciones clave. Al mismo tiempo, los factores socioculturales —especialmente la falta de corresponsabilidad y la infravaloración del trabajo femenino— refuerzan estas limitaciones, configurando un entorno que dificulta la participación efectiva de las mujeres en la innovación.
¿Qué pueden hacer las políticas públicas y las organizaciones agrarias?
En este apartado se analiza brevemente el papel de las políticas públicas en el impulso del liderazgo femenino en la innovación agraria. Para ello, se examina la política agraria vigente como eje central de la acción pública, con capacidad para fomentar la participación de las mujeres y favorecer su inclusión en el sector. Además, se revisan los cambios propuestos en la futura PAC para el próximo marco financiero plurianual (MFP), destacando sus principales elementos de transformación.
Por otra parte, un segundo nivel de análisis se centrará en los resultados del proyecto GRASS CEILING, que, a través de un amplio proceso participativo con mujeres agricultoras y ganaderas y otros agentes representativos del sector, ha permitido identificar las ineficiencias y carencias de las políticas actuales, así como recoger sus propuestas y aspiraciones sobre cómo deberían configurarse estas políticas para dar respuesta a los problemas cotidianos en la gestión de sus explotaciones.
El Plan Estratégico de la PAC (PEPAC) 2023-2027, que articula la PAC vigente, supone un avance significativo en la incorporación de la perspectiva de género en las políticas, al incluir a las mujeres como colectivo prioritario, tal y como recoge el Objetivo Específico 8, centrado en el mantenimiento de zonas rurales vivas. Se reconoce así el papel de la mujer en la sostenibilidad de los territorios. Además, la perspectiva de género se integra de forma transversal en las medidas mediante condiciones de elegibilidad, mayores intensidades de ayuda y criterios de selección que priorizan a las mujeres.
Esta transversalidad de género en el diseño de las intervenciones ha sido, en la práctica, limitada y de alcance desigual entre territorios, como se ha podido constatar a través de las evaluaciones realizadas en los dos primeros años de aplicación del PEPAC. Dicha evaluación llevada a cabo por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (2024) pone de manifiesto el estancamiento en la participación de mujeres y jóvenes, cuestionando la efectividad de los instrumentos utilizados.
El énfasis en calcular indicadores cuantitativos —como número de solicitudes o volumen de ayudas— resulta insuficiente para captar dinámicas más profundas de desigualdad, como la infrarrepresentación en la toma de decisiones, la segmentación productiva o la persistencia de roles de género.
Las mujeres jóvenes perciben significativamente menos ayudas que los hombres, evidenciando que las medidas actuales no corrigen las desigualdades de partida, sino que tienden a reproducirlas.
Por otra parte, la PAC presenta limitaciones claras para abordar factores clave que condicionan la participación femenina, como la disponibilidad de servicios en el medio rural, la conciliación o las normas sociales. Estas dimensiones quedan fuera del núcleo de la política agraria y dependen de otros niveles de gobernanza, lo que genera una fragmentación en la respuesta pública. Aunque instrumentos como la Ley 35/2011, de titularidad compartida de las explotaciones agrarias han supuesto avances normativos importantes, su implementación ha sido limitada debido a barreras administrativas, falta de incentivos efectivos y escasa coordinación institucional.
La evidencia (Shortall y Marangudakis, 2024; Pe’er et al., 2020) indica que las políticas actuales son excesivamente tecnocráticas y poco transformadoras, al centrarse en ajustes marginales dentro del sistema, en lugar de impulsar cambios estructurales en recursos, gobernanza y poder. Las medidas de acción positiva son necesarias pero insuficientes y soportan un exceso de carga administrativa.
La propuesta de reforma de la PAC para el nuevo MFP 2028-2034 impulsada por la Comisión Europea (EUR-Lex, 2025), introduce elementos potencialmente relevantes que inducen cambios importantes a través de una reconfiguración de los pilares de la PAC y un refuerzo de la dimensión social.
En materia de género, se propone un apoyo más intenso al relevo generacional, facilitando el acceso de las mujeres al sector y promoviendo el emprendimiento. Como gran novedad, se ha creado una ayuda a los servicios de sustitución, como respuesta a los urgentes problemas ligados con la conciliación. Sin embargo, el impacto estructural de los cambios es limitado, ya que no cuestionan suficientemente los criterios históricos que han favorecido a las explotaciones masculinizadas.
Las medidas para favorecer la conciliación se plantean como complementarias y no suponen un cambio en la organización del trabajo agrario. No obstante, la opción de integrar otras políticas y fondos podría activar sinergias existentes en materia de innovación agraria que, si actúan en el marco de una transición eco-social, facilitarían la incorporación de una nueva perspectiva más alineada con la equidad.
Los resultados del proceso participativo del proyecto GRASS CEILING, que analiza impactos y carencias de las medidas de apoyo a agricultoras y ganaderas, confirman desde una perspectiva aplicada las limitaciones de la PAC con respecto al enfoque de género. Se evidencia que los principales obstáculos no se reducen al acceso a las ayudas, sino a la existencia de factores estructurales: falta de conciliación, déficits de infraestructuras y servicios rurales, dificultades de acceso a la tierra, baja rentabilidad, incertidumbre y, especialmente, la complejidad burocrática y la escasa adaptación territorial de las políticas.
En este proceso, las mujeres demandan una política agraria más eficiente, territorializada y alineada con la realidad del sector, junto con mayor participación en órganos de decisión. Ellas mantienen que su presencia en cooperativas, organizaciones y redes puede impulsar la innovación agraria al aportar nuevas perspectivas, diversificar estrategias y fomentar modelos más sostenibles y resilientes.
Sin embargo, admiten que este potencial se ve limitado por estructuras de gobernanza poco inclusivas, defendiendo su incorporación efectiva como factor clave tanto para la equidad, como para la transformación del sector. El refuerzo del liderazgo femenino en explotaciones más competitivas y sostenibles puede actuar como palanca de cambio, consolidando su presencia, visibilizando su papel y promoviendo nuevas dinámicas organizativas e innovadoras.
Conclusiones: innovación en igualdad para transformar el sector
El análisis realizado pone de manifiesto una aparente paradoja: pese a su menor visibilidad y a su limitada presencia formal en la titularidad de las explotaciones, las mujeres desempeñan un papel cada vez más relevante en la dinámica innovadora del sector agrario. Esta contribución no se limita a la incorporación de mejoras tecnológicas, sino que se extiende a formas de innovación más amplias, que integran dimensiones productivas, organizativas, comerciales y sociales. De este modo, las mujeres no solo participan en la innovación, sino que contribuyen a redefinir su propio significado, orientándolo hacia modelos más diversificados, sostenibles y conectados con el territorio.
Asimismo, los resultados evidencian que las diferencias en los enfoques innovadores no responden a una menor capacidad o disposición por parte de las mujeres, sino a formas distintas de concebir y desarrollar los procesos de cambio. Mientras que la innovación se presenta como una necesidad compartida para la viabilidad de las explotaciones, en el caso de las mujeres aparece con mayor frecuencia vinculada a estrategias planificadas, a la mejora de la calidad de vida y a la búsqueda de un equilibrio entre sostenibilidad económica y bienestar personal. Sin embargo, esta potencialidad innovadora se desarrolla en un contexto marcado por importantes limitaciones estructurales, lo que plantea la necesidad de analizar con mayor profundidad las barreras que condicionan su capacidad para innovar y consolidar sus proyectos en el sector agrario.
Las barreras estructurales —socioculturales, rurales, sectoriales e institucionales— siguen limitando el potencial innovador de las mujeres. Estas barreras responden a un entramado de factores que generan dinámicas de desigualdad sistémica, especialmente intensas en territorios despoblados y con problemas de conectividad. En estos contextos, el acceso a oportunidades de innovación se ve claramente restringido, lo que resulta especialmente problemático en un modelo agrario que penaliza a las explotaciones lideradas por mujeres, generalmente más pequeñas y peor posicionadas en la cadena de valor.
Las políticas agrarias han logrado avances formales, pero siguen teniendo un impacto limitado al no cuestionar las estructuras de poder que reproducen desigualdades de género. Desde una perspectiva de género, no basta con incluir a las mujeres, sino que es necesario transformar la gobernanza para garantizar su participación y promover modelos basados en la sostenibilidad y la cooperación.
En este contexto, la PAC resulta insuficiente por sí sola para esta transformación, pues factores clave como la conciliación o las normas sociales quedan fuera de su alcance, por lo que es imprescindible una coordinación multinivel con políticas de igualdad, desarrollo rural y servicios, integrando la perspectiva de género de forma transversal y efectiva para impulsar cambios estructurales hacia un sistema agrario más justo e inclusivo.
Referencias
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Artículo publicado originalmente en el Anuario de la Agricultura y Ganadería Familiar 2026.









