Eso es exactamente lo que puede aportar el desarrollo del biometano: transformar subproductos como el estiércol, los purines y los restos de cosechas o de las industrias agroalimentarias en energía renovable. Y hacerlo aquí, en nuestras tierras, generando empleo, valor añadido y nuevas oportunidades para agricultores y ganaderos.
Lo que ya tenemos… y no estamos aprovechando
En España —y especialmente en el medio rural— cada año se generan millones de toneladas de residuos orgánicos que se aplican directamente al suelo o se dejan descomponer al aire libre. Esto puede provocar malos olores y otras molestias, y puede contaminar las aguas subterráneas con nitratos y emitir gases de efecto invernadero como el metano, más potente que el CO2.
La alternativa existe, es tecnológica y económicamente viable, y ya funciona en países como Francia o Dinamarca: obtener biometano. Las plantas de biogás/biometano logran aprovechar estos restos y subproductos para generar un gas renovable que puede usarse igual que el gas natural: para calentar, cocinar, generar electricidad o descarbonizar procesos industriales.
Oportunidad para el campo, no amenaza
El biometano no es una amenaza para el campo: es una oportunidad que estamos empezando a entender. De hecho, sin el sector agrario, esta nueva fuente de energía no sería posible, pues son los residuos ganaderos y agrícolas los que alimentan las plantas de biogás y biometano.
Como expuso Blas Donis, de UPA Palencia, en el último Congreso de Bioenergía (2024): “El biometano ofrece una doble ventaja: gestionamos de manera eficiente los residuos agrícolas y ganaderos, y al mismo tiempo, creamos oportunidades económicas para los pequeños agricultores”. Es una doble ganancia: resolvemos un problema ambiental y económico, y obtenemos una fuente de ingresos adicional.
Muchos temen que estas plantas vayan a atraer macrogranjas. Pero eso no tiene base. Nadie construye una planta de biometano, que cuesta millones de euros, sin tener asegurado el suministro de materia prima, que ya ha de existir. Las plantas de biometano se proyectan donde ya hay suficiente materia prima.
¿Y los olores? ¿Y la contaminación?
Es normal tener dudas. Las hemos tenido todos. Pero también es importante informarse bien.
Las plantas modernas de biometano trabajan en circuito cerrado, con sistemas herméticos y de desodorización. Lo que entra y lo que sale —incluido el digestato que se puede usar como fertilizante— se gestiona con control y trazabilidad. Nada que ver con esparcir purines o estiércoles sin tratar.

De hecho, el digestato estabilizado que resulta del proceso de obtención del biometano es mucho más fácil de aplicar y menos contaminante. En lugar de extenderlo sin más, hoy existen sistemas de inyección directa al suelo que reducen los olores a prácticamente cero. Y todo ello con beneficios para el suelo, al que devuelve nutrientes de calidad.
Una fuente de ingresos y estabilidad
Para muchas explotaciones ganaderas y agrícolas, el biometano puede suponer una nueva vía de ingresos. No hablamos solo de vender los restos a la planta, sino también de integrarse como socios o coproductores, aprovechando el calor generado o participando en la aplicación del digestato como fertilizante.
Además, la existencia de estas plantas puede ayudar a contener el precio de los fertilizantes, reducir los costes de gestión de residuos y aportar seguridad frente a futuras exigencias ambientales más estrictas.
El campo necesita diversificar ingresos, y esta es una vía realista y adaptada a nuestras condiciones.
¿Qué necesitamos para que funcione?
En primer lugar, información clara y diálogo desde el minuto uno. Algunos proyectos han fallado porque no se ha explicado bien a los vecinos qué es una planta de biometano, cómo funciona y qué medidas ambientales incorpora. Eso hay que corregirlo. La desinformación genera rechazo. Y el rechazo frena el desarrollo de una solución que, bien explicada, tiene mucho sentido para nuestras comunidades.
En segundo lugar, un marco regulatorio ágil y estable. El sector ha recibido un empujón con la nueva normativa de la CNMC sobre conexión a la red de gas, pero aún hace falta acelerar los trámites y simplificar los requisitos para que los pequeños y medianos productores puedan participar.
Y, en tercer lugar, financiación. Existen fondos europeos y ayudas públicas disponibles, pero muchas veces no están pensadas para cooperativas, pequeñas explotaciones o asociaciones de ganaderos. Necesitamos instrumentos que nos permitan acceder a ellos de forma sencilla y directa.
Un camino ya iniciado
Aunque aún estamos lejos de alcanzar el potencial que tenemos, ya hay ejemplos en marcha en Castilla y León como la planta en Villalonquejar, Burgos, o en proyecto como las de Machacón, Salamanca, o la de San Cebrián de Castro, en Zamora. Y hay más de 150 plantas de biogás y 17 de biometano en funcionamiento en España, con decenas de proyectos en tramitación.
Esto ya no es una promesa. Es una realidad que podemos escalar. Y que tiene al sector agrario como pieza central, no como espectador.
Decidir cómo queremos gestionar nuestros residuos
En definitiva, ahora podemos decidir qué queremos hacer con nuestros residuos: si preferimos seguir vertiendo purines, estiércoles, destríos u otros subproductos sin tratar, asumiendo el coste ambiental y social… o si preferimos convertirlos en energía, fertilizante y empleo.
Desde AVEBIOM, lo tenemos claro: el biometano ofrece al campo una solución limpia, eficaz y alineada con los objetivos de descarbonización. Apostar por él es apostar por un modelo más resiliente, autónomo y comprometido con el territorio.
Y como tantas otras veces en la historia, será el propio sector primario quien lidere esta transformación desde la base, si cuenta con las herramientas adecuadas para hacerlo
No se trata de sustituir lo que ya se hace en el campo, sino de incorporar mejoras que nos permitan hacerlo de forma más eficiente, rentable y sostenible. Se trata de sumar valor, no de restar prácticas. De aprovechar lo que ya tenemos, pero con nuevas herramientas y mayor conocimiento. Y de conseguir que ese beneficio llegue a todos: al agricultor, al ganadero, a la comunidad rural y al medio ambiente.









