Conceptos básicos para una cultura agroalimentaria local y global

Los y las profesionales del sector agrario desarrollamos nuestra actividad en un escenario de creciente dificultad, en el que las iniciativas personales que tomamos al frente de nuestras explotaciones están condicionadas, cada vez más, por ámbitos de decisión muy alejados de nuestra realidad más próxima.

Lorenzo Ramos, secretario general de UPA
26 de julio de 2016

Es el mundo que nos toca vivir, somos conscientes de ello e intentamos adaptarnos a los condicionantes internos y externos de una actividad como la nuestra, que requiere planificación a largo plazo, una fuerte implicación personal y familiar; compromisos financieros, empresariales y laborales –desde el autoempleo a la contratación de mano de obra fija y/o temporal, en función de las cosechas-; y una dependencia creciente de normas y más normas que regulan con minuciosidad creciente todos los aspectos de nuestro trabajo.

Pero esta capacidad demostrada de adaptación no significa en ningún caso resignación. Muy al contrario, si algo caracteriza a las generaciones de hombres y mujeres del campo español en las últimas décadas ha sido la habilidad demostrada para asimilar los cambios, aprovechar al máximo las oportunidades y organizarnos para defender nuestros derechos frente a los poderes públicos y económicos con los que convivimos en lo que ha dado en llamarse cadena alimentaria.

Hemos aprendido, entre otras cosas, a trabajar en una dimensión local con una visión global. Y a partir de esta dicotomía hemos planteado en UPA y la Fundación de Estudios Rurales el ámbito del debate en el Anuario de 2016, en el que hemos invitado a participar a autores de varios países, con cerca de 40 artículos, que recogen múltiples experiencias locales junto a otros sobre estrategias y políticas globales.

Con todo ello queremos contribuir, como venimos haciendo siempre con los anuarios, a favorecer el análisis y la divulgación del conocimiento sobre la realidad agraria y el mundo rural en su conjunto, porque lo uno no se entiende sin lo otro.

Y con este mismo objetivo planteamos algunas reflexiones propias al respecto, en base a unos cuantos conceptos básicos, como reflejo de la filosofía que inspira nuestro trabajo sindical y la suma de experiencias individuales de los miles de agricultores y agricultoras, de ganaderos y ganaderas que formamos parte de UPA.

 

Agricultura familiar

El primer concepto a tener en cuenta es el de agricultura familiar. El modelo de explotación ampliamente mayoritario en nuestra agricultura, en España, en la Unión Europea y en la mayor parte de las zonas rurales del mundo, como se puso de manifiesto durante la celebración del Año Internacional de la Agricultura Familiar, en 2014.

El primer problema en este caso es que la agricultura familiar carece de una definición concreta en nuestra legislación. Pero en UPA lo tenemos muy claro: entendemos como explotación familiar aquella que da empleo al titular o titulares de la explotación, pudiendo tener o no trabajadores contratados, y que está implicada en el territorio donde está ubicada la explotación y por tanto lo gestiona de manera sostenible, invierte en él y trabaja por él. Por tanto, no se trata de una definición únicamente económica, sino que necesariamente debe atender a consideraciones sociales y territoriales; estamos, pues, ante un modelo de explotación agraria socioeconómico ligado al territorio a través de una gestión sostenible del mismo.

La agricultura familiar implica, en definitiva, la gestión activa de los recursos agrícolas y ganaderos, en un modelo de agricultura multifuncional, que combina la producción de alimentos con la conservación de recursos naturales y el sostenimiento de los espacios y los escenarios de vida.

 

El escenario. El territorio

Para nosotros, el concepto de escenario, en el más amplio significado teatral del término, es el espacio natural imprescindible para desarrollar nuestro trabajo. Dependemos de la tierra, del agua, del sol. Y de la gestión sostenible de los recursos que la naturaleza pone a nuestra disposición.

Por eso, desde una visión local, con los pies hundidos en la tierra, en UPA defendemos un modelo de agricultura familiar consciente de la realidad en que vivimos. Conscientes de que estamos de paso, gestionando la capacidad de producir y aportar alimentos a la población, pero sin esquilmar, garantizando la supervivencia futura de los recursos. A eso llamamos sostenibilidad.

 

Las personas

El modelo de agricultura familiar es necesariamente local en la individualidad de cada explotación, de cada profesional. Pero se convierte en global desde el momento en que los sistemas agroalimentarios globales, la concentración financiera y empresarial de las grandes corporaciones industriales y comerciales, o las planes estratégicos alimentarios de los mayores países y grupos de países del mundo, siempre necesitan en la base a millones de personas y familias dispuestas a comprometer su vida en torno a la tierra y el ganado.

Sin productores y sin productoras no hay alimentos. Ese fue el eslogan del último congreso de UPA. Parece una perogrullada, pero hay que repetirlo hasta la saciedad para que no se olvide.

Hay corrientes de opinión interesadas que han llegado a creerse su propia proyección futurista de un sistema agroalimentario mundial controlado al cien por cien por un reducido grupo de grandes multinacionales integradoras, en el que los agricultores y los ganaderos se convierten en trabajadores a sueldo, sin capacidad de decisión y gestión sobre su trabajo, atados hacia abajo y hacia arriba por quien les vende los medios de producción y les impone la venta de sus productos.

Y mucho de esto hay, quién lo niega, pero la capacidad de resistencia de los y las profesionales de la agricultura familiar en todo el mundo está siendo, seguramente, mucho más fuerte de lo que se pensaba hace unas décadas.

En definitiva, las personas que sostenemos la producción agraria en todo el mundo somos locales y somos globales. Estamos siempre atentos a las oportunidades, a los impulsos de la demanda, a las modas. Sabemos que los retornos de nuestra inversión son lentos, que el ganado tarda en crecer, que los árboles tardan en dar frutos. Asumimos el riesgo, en cualquier rincón del mundo.

 

La profesión

Uno de los objetivos básicos de la agricultura familiar es garantizar el relevo generacional, si es posible en el propio entorno familiar. Para ello es imprescindible, además de todos los apoyos públicos y legislativos, que garanticemos el amor por la profesión de agricultor y de ganadero. Y para ello es necesario que los y las jóvenes que se vean en la tesitura de asumir el relevo valoren ventajas e inconvenientes, en un balance que no puede ser solo económico, sino también personal y cultural.

Todos los que trabajamos en el sector agrario, en explotaciones familiares y en edad de tener hijos jóvenes, sabemos lo duros que fueron los años del espejismo inmobiliario, del dinero fácil, cuando muchos jóvenes del medio rural dieron la espalda al campo ante la ilusión de mejores expectativas. Y ahora estamos viendo cómo muchos de ellos vuelven otra vez su mirada a la explotación familiar.

Para los jóvenes incorporarse a la actividad agraria es un proyecto de vida, por elección y no por resignación. Un proyecto empresarial con riesgos, que exige profesionalidad y complicidad con su entorno familiar. Y que debe merecer todo el apoyo posible, desde la formación a la gestión, y la capacidad de llegar con sus productos a los mercados en igualdad de condiciones con el resto de eslabones de la cadena alimentaria.

En UPA nunca hemos creído en los privilegios. Ni para nosotros ni para nadie. Nos gusta más hablar de respeto, reconocimiento, justicia. Rechazamos una visión romántica de la actividad agraria. Preferimos, sin duda, una visión realista, profesional, comprometida. No pedimos ningún trato diferencial respecto a cualquier otro sector. Pero sí que necesitamos –y exigimos– respeto y rechazamos el maltrato.

Además de denunciar, paradojas de la vida, que cuanto más eficientes somos, más difícil resulta la viabilidad de las explotaciones. Como ocurre con el ejemplo más paradigmático de las explotaciones de vacuno de leche.

 

La imagen

En el mundo global en que vivimos en todos los sentidos, incluido el de la información y el conocimiento, nos preocupa también cada vez más la imagen que percibe la sociedad de nuestro trabajo y nuestra función.

Hemos tenido que luchar contra la falsa imagen de privilegiados por las subvenciones (mucho más transparentes en nuestra actividad que en otros sectores, donde o son más opacas o indirectas). Llevamos años trabajando para reclamar precios justos y denunciar los abusos de la gran distribución. Se plantea en muchos casos en términos de enfrentamiento nuestra posición frente a los ecologistas, como si fuese una barbaridad, por ejemplo, denunciar que los lobos destrozan a nuestros ganados. O como despilfarradores de agua en el regadío. O como promotores del maltrato animal por ordeñar a las vacas.

Sin olvidar las campañas y las tendencias que se viralizan cada vez más en contra de productos concretos, como ocurre injustamente con el azúcar, o hábitos de consumo saludables, como sucede con el consumo de carnes.

Tenemos la responsabilidad de ser firmes frente a estas corrientes de opinión, pero nunca a la defensiva. También en UPA tenemos experiencia en este sentido. Hay que trabajar con paciencia y persistencia, a medio y largo plazo. La verdad siempre termina imponiéndose.

 

La cultura

La lectura contrastada de todos los artículos que se incluyen en este anuario nos lleva a una conclusión final. Siguiendo el juego de las “palabras clave”, tan de moda actualmente, cuando hablamos de globalización, iniciativas locales, agricultura, ganadería, trabajo, medio rural, política agraria, economía, mercados, alimentación, consumo…En el fondo, hay un término verdaderamente global que lo engloba todo: cultura.

Debemos ser conscientes de que el verdadero reto a futuro de la agricultura familiar –y por extensión, de los sistemas agroalimentarios mundiales– es un reto cultural. En la historia de la humanidad hemos pasado de la cultura de la guerra a la cultura de la paz, de la cultura del despilfarro energético a la cultura de la conservación, de la primacía del hombre a la cultura de la igualdad, por citar solo algunos grandes ejemplos.

En nuestro caso, el primer gran reto es asegurar para toda la población mundial el derecho a comer. Pero, sobre todo, conseguir que las sociedades globales asuman como propia, con sus matices, la consolidación de una cultura agraria y alimentaria, local y global, que reconozca y respete a quienes producimos los alimentos, favorezca el gusto y la diversidad, garantice mercados justos y valore en toda su enorme dimensión cultural la necesidad básica de comer que tenemos todos para seguir viviendo.

Artículo original publicado en el Anuario 2016 de la Agricultura Familiar de la Fundación de Estudios Rurales

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