Mejora genética y biotecnología ante los retos de la agricultura

Nuestra cultura, incluso la de los países más industrializados, es una cultura agrícola. Es difícil imaginar hoy que el hombre no haya sido siempre agricultor. Pero la realidad es que solo lo ha sido en los últimos diez mil años de su existencia, cifra ridícula comparada con los dos millones y medio de años en…

José Ignacio Cubero. Catedrático emérito de Genética. Universidad de Córdoba
5 de septiembre de 2017

Es la agricultura nuestra principal fuente de alimentos, y lo que todavía no es “cultivado” terminará siéndolo: algas y peces están siendo domesticados como hace diez milenios lo fueron plantas y animales que hoy no concebimos como salvajes. Le daremos otros nombres (piscicultura, acuicultura…), pero será lo mismo: el dominio de los recursos naturales por medio de su domesticación. Un inciso: lo que se domestica permite que la especie ancestral siga existiendo libre, lo que se sigue utilizando sin domesticar se extinguirá.

¿Fue positiva la introducción de la agricultura en nuestro mundo? Es una pregunta sin sentido. Sin agricultura solo vivirían (¿viviríamos…?) en este planeta algunos millones de individuos, agrupados en pequeñas partidas. En el libro Sapiens: de animales a dioses, su autor Harari habla de la agricultura como del “gran fraude1”, pero ¿podría haber escrito su bien divulgado ensayo de haber vivido en ese mundo preagrícola? Lo positivo y lo negativo de las cosas no reside en las cosas mismas, sino en el uso que de ellas se haga. La agricultura no es una excepción: producir más alimentos es bueno; deteriorar el ambiente por malas prácticas agrícolas no lo es, y aún lo es menos utilizar los alimentos producidos como arma de guerra. Es la ambivalencia de todo lo que tiene auténtico valor.

Hace unos diez mil años, unos pocos grupos humanos comenzaron a cambiar lentamente de modo de vida. Hasta entonces las poblaciones humanas habían vivido de la caza, de la pesca y de la recolección de frutos, semillas, raíces, moluscos, insectos, etc. La domesticación implicó, en un principio, un cambio muy pequeño, no solo en la vida de los incipientes agricultores, sino en un corto número de plantas y animales en vía de ser cultivos y ganados, todo tan cercano aún al mundo salvaje. Hoy vivimos rodeados de una enorme variedad de productos agrícolas inexistentes en la naturaleza. Esa variedad tan agradable ha sido posible, y sigue siéndolo, gracias a la labor continua de los seres humanos sobre plantas y animales domesticados desde el origen de la agricultura.

¿Cómo se obtiene una nueva variedad?

Hasta hace bien poco tiempo, pues dos siglos cortos no son nada, el agricultor y el ganadero realizaban su propia selección, eligiendo lo que les gustaba para formar la generación siguiente. Es lo que llamamos “selección masal”. Con esa selección primitiva, los incipientes agricultores y ganaderos consiguieron un cambio fundamental: el control del sistema de reproducción tanto en animales como en plantas, la regulación de los ciclos de siembra y recolección y los de apareamiento y gestación. Y lograron también cambios en la arquitectura de las plantas y de los animales. Cambios esenciales para poder cultivar y criar.

Tan inconsciente se hizo la selección en esa primerísima fase, que se tiende a llamarla “selección automática”, porque algunas plantas y animales respondieron de forma “automática” a simples manejos inconscientes: siembra y recolección en tiempos fijos, cercado de animales jóvenes… Posteriormente, el hombre se fijó conscientemente2 en los individuos que más le convenían o que más le gustaban, reservándolos para formar la siguiente generación.

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La “selección masal” es potente, pues con ella se domesticó prácticamente todo lo que hoy tenemos a nuestra disposición; muy pocas cosas se domesticaron tras los dos o tres primeros milenios agrícolas. Es potente, pero si en el cultivo o en el ganado no existe la forma buscada, la selección no es que sea difícil, es que es imposible. El problema no se resolvió conscientemente hasta que se demostró que, por una parte, las plantas tenían sexo (a finales del XVIII) y, por otra, que el apareamiento dirigido en animales era más eficaz que el que se daba al azar.

La solución fue cruzar dos individuos que poseyeran los caracteres a combinar. La mejora genética con cruzamiento permite formar una pequeña población en la que ya se encuentran combinados los caracteres que nos interesan. Hay que seleccionar y fijar el tipo en ella como en cualquier otra población. La única diferencia es que la hemos formado con nuestras ideas y nuestras posibilidades. Las variedades modernas son el resultado de una larga serie de cruzamientos. Por ejemplo, los famosos trigos “Siete Cerros”, “Mexicali”, etc., tienen entre sus ascendientes no menos de una veintena larga de líneas de los orígenes más diversos. Las variedades de rosa pueden tener entre 50 y 100 parentales e incluir no menos de cinco especies distintas en su genealogía3.

La naturaleza dispone de otra operación con la que crea nuevas formas, incluso cuando no hay otra posibilidad de hacerlo: la mutación. Mediante la mutación, la naturaleza realiza cambios, desde grandes a minúsculos, en el mensaje hereditario, cambios que, aunque deletéreos en su mayor parte, permiten que alguno de ellos produzca algo mejor de lo que había. No hemos hecho más que imitar a la naturaleza mediante sus mismos procedimientos: radiaciones y sustancias químicas, aplicadas más brutalmente para acelerar la evolución que, en definitiva, es lo que trata de hacer el mejorador. Más de tres mil variedades actuales llevan algún carácter producido por mutagénesis artificial. Y la mutagénesis dirigida ya no es un imposible.

¿Y si el carácter que buscamos existe en la naturaleza, pero está en un organismo distinto? Por ejemplo, si quisiéramos una rosa azul, resulta que el azul es un color que no existe en ninguna rosa natural. Y, sin embargo, hay muchas flores que exhiben azules maravillosos. ¿Es que un dios cruel creó el azul para hacernos sufrir el suplicio de Tántalo? Nos dio las herramientas necesarias para que no las usáramos. Porque se sabe identificar el gen responsable, cortarlo, colocarlo en un vehículo y transferirlo a células de cualquier otro organismo. Esas células hay que cultivarlas en medios especiales hasta que se forme un individuo completo, y luego cruzarlo, conseguir la descendencia, seleccionar, fijar el carácter, etc. Así se ha conseguido la insulina humana producida por bacterias, el maíz resistente al taladro, el arroz dorado capaz de sintetizar provitamina A, tan necesaria en la alimentación basada exclusivamente en arroz… Y, sí, también una rosa azul…

Esas cuatro son las técnicas básicas en la mejora genética; las tres primeras (selección, cruzamiento y mutagénesis) son las que se denominan “clásicas” ante la irrupción de la cuarta, la ingeniería genética. Las “clásicas” han sido técnicas potentes. Baste algún ejemplo: para producir una tonelada de maíz se ha pasado de necesitar 1.800 m3 de agua a unos 600, y cifras similares pueden darse para todos los cultivos principales; en una agricultura desarrollada, hoy se necesita la tercera parte de superficie que hace treinta años. Con ellas se consiguió refutar el pronóstico de Malthus…

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Las técnicas clásicas están acompañadas y potenciadas desde hace una veintena de años por el manejo del ADN (la “ingeniería genética”4), que en una decena de años pasará a etiquetarse también como “clásica”, algo que ya le sucedió a la mutagénesis artificial introducida hace ahora un siglo. Las cuatro técnicas no solo no son incompatibles, sino que se complementan entre sí, y con ellas hay que encarar el futuro.

Los grandes problemas

Un futuro lleno de grandes problemas. Hay que tener en cuenta que la agricultura es la única fuente de alimentos y que debe garantizar no solo la cantidad necesaria, sino su calidad, la seguridad en su consumo y, además, una acción positiva para la salud. Por si fuera poco, el respetar el medio ambiente es un requisito obligatorio para toda operación industrial y, por supuesto, agrícola.

Esos son los condicionantes. Las variables con las que hay que contar son muy complejas. He aquí las que considero principales (y la relación puede no ser exhaustiva): 1) población (en relación con el alimento), 2) suelo agrícola, 3) agua dulce, 4) nutrientes, 5) fitoquímicos, 6) nuevas necesidades y, evidentemente, 7) el rendimiento. Y quizá haya que añadir, además, el cambio climático por errático que sea.

Población y alimentación

Se estima por la FAO5 que la producción agraria mundial debe duplicarse para 2050 para garantizar la alimentación de una población mundial que alcanzará entonces unos 9.500 millones de habitantes. Dicho aumento de población será asimétrico: los países desarrollados no aumentarán en población, pero sí lo harán los países emergentes o manifiestamente subdesarrollados.

Pero el problema que nos concierne aquí no es tanto el aumento en sí del número de habitantes, a pesar de su gravedad intrínseca, sino el cómo se los va a alimentar. Un dato a tener en cuenta es que se está registrando un aumento de la cantidad de alimentos en casi todo el mundo. Si lo medimos en calorías ingeridas (aunque no sea un índice de calidad alimenticia), resulta que desde 1970 a 20006 el promedio mundial pasó de 2.400 a 2.800 kcal/persona/día, dato bruto que hay que perfilar: en los países desarrollados, las cifras respectivas fueron 3.000 y 3.450; en los emergentes (“en desarrollo”), 2.100 y 2.650, y en los subdesarrollados (“en transición”), 3.300 y 2.900 (sí: en ellos la alimentación empeoró en ese periodo). Pero las previsiones de la FAO para 2050 son las siguientes: promedio mundial, 3.100 kcal/persona/día; países desarrollados, 3.500; emergentes, 3.100 y subdesarrollados, 3.250. En pocas palabras: aumenta la población y cada vez se come más.

Lo dicho es en cuanto a cantidad. ¿Qué se puede decir de la calidad? El pronóstico no es optimista. Los hidratos de carbono y las grasas saturadas dominan la dieta, y en algunos países de forma absoluta. Se sabe, y las estadísticas no se han movido en cincuenta años, que el 90% de las calorías proviene de solo 15 cultivos, y el 60% sólo de tres: trigo, maíz y arroz. Las proteínas, las vitaminas y la fibra dietética son francamente deficientes en la dieta. Más de 2.000 millones de personas sufren de alguna carencia, en muchos casos muy graves. Basten dos ejemplos: la ceguera infantil, que afecta cada año a medio millón de recién nacidos en el Oriente por el consumo casi exclusivo de arroz descascarillado por madres gestantes (por ellas y por la población general), y el kwashiorkor, enfermedad identificada en los países del Golfo de Guinea que produce malformación cerebral irreversible en los recién nacidos por una dieta materna consistente casi exclusivamente en harina de ñame.

Todo lo dicho se potencia aún más, puesto que el aumento de población que se ha referido ocurrirá sobre todo en zonas urbanas, que no son productoras, pero sí consumidoras de alimentos, y que representarán el 70% de la población frente al 50% de hoy.

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Suelo agrícola

No queda mucha tierra que poner en cultivo. Hacia 1950 se disponía de media hectárea por persona, cifra que descenderá a menos de un sexto de hectárea en 2050. Se pierde aún más por la expansión de las zonas urbanas, por la erosión, la desertización y la salinización, todo lo cual tiene como causa un pésimo manejo de los recursos y de las técnicas disponibles. Se olvida por todos que el suelo agrícola es un bien estratégico. Véanse los ejemplos de la deforestación de la selva amazónica, la erosión por un laboreo excesivo o por los cultivos en pendiente7. La experiencia acumulada en esos y otros muchos casos ha servido para poco.

Agua dulce

Representa menos del 3% del volumen total de agua contenida en nuestro planeta, del cual dos tercios está congelado. Del resto aprovechable, el 15% es para uso doméstico, otro 15% para uso industrial y el 70% restante para agricultura. La necesidad de agua dulce va en aumento a nivel global, pero las existencias disminuyen por contaminación o salinización, de nuevo casos de mal manejo. El estrés hídrico (demanda superior a lo disponible) fue del 5% en 2000, pero llegará a ser del 30% en 2025. Se necesitará un 10% más de agua para riego, pero primero habrá que garantizar el agua potable para toda la población.

Difícilmente se podrá dedicar mucha más agua a la agricultura. Habrá que utilizar todas las aguas, dulces, salobres y hasta salinas, para lo cual habrá que disponer de variedades que las puedan utilizar, algo que no se improvisa de la noche a la mañana.

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Nutrientes

Mantener la fertilidad del suelo fue uno de los grandes problemas desde el comienzo de la agricultura; de ahí la vieja recomendación de rotaciones con leguminosas (que, según los antiguos, “estercolaban” el terreno, y es cierto al poder fijar nitrógeno atmosférico) y de enterrar los restos de cosecha. Los abonos nitrogenados sintéticos fueron la gran solución al disponerse de una fuente inextinguible de nitrógeno como es la atmósfera. Los abonos potásicos y fosforados, aunque fabricados, no son de síntesis, pues hay que partir de fosfatos y potasas naturales y, si bien estas últimas parecen abundantes, no así aquellos, a menos que se descubran nuevos yacimientos. Tanto unos como otros necesitan una enorme cantidad de energía para su fabricación.

Aparte de dicho inconveniente, la facilidad de su adquisición produjo un resultado imprevisto e indeseable: la contaminación de suelos, acuíferos, ríos y mares. Se debió al empleo de cantidades superiores a las que los cultivos pueden absorber. De nuevo encontramos un mal uso de algo positivo en sí mismo. La recomendación obvia es disminuir la aplicación de fertilizantes, para lo cual será necesario conseguir variedades que los absorban e integren con mayor eficacia. Otro objetivo nada fácil de conseguir.

Fitoquímicos

Lo mismo se puede decir de los productos absolutamente necesarios para la protección de plantas y animales contra plagas y enfermedades, cada vez más cosmopolitas en un mundo globalizado. Su abuso, al igual que en el caso de fertilizantes y labores, ha producido contaminaciones e intoxicaciones que movieron a su crítica y a su rechazo en políticas, como la actual de la Unión Europea, cada vez más restrictivas y prohibitivas, pero irracionales por dejar grandes grupos de cultivos prácticamente sin protección, en lugar de favorecer el uso racional de sustancias necesarias, si se quieren cumplir con los objetivos del Horizonte 2050. Y si se quiere reducirlas, nunca eliminarlas, habrá que aumentar las defensas en las propias plantas, esto es, obtener variedades resistentes o tolerantes. Será, en efecto, la combinación de resistencia genética y plaguicidas lo que permita conseguir los objetivos de una buena defensa y de una nula contaminación.

Nuevas necesidades

Al comienzo de esta sección se mencionó un requisito para la agricultura del futuro: que los productos obtenidos, en particular, claro está, los alimenticios, ejerzan una acción positiva para la salud. Podríamos englobarlos en el apartado de la calidad, pero no se trata solamente de eso. Las palabras “nutrigenómica”, “nutrifarmacia” y las equivalentes, le recordarán al lector el comercio en alza de alimentos-medicinas (o la recíproca) tales como los “bio”, “probióticos”, leches maternizadas, complementos de iones, omegas, aminoácidos… Harinas de trigo para celíacos, grasas insaturadas o con bajos niveles de colesterol, etc., son ya una realidad. No se sabe si, en el futuro, tales productos los compraremos en el mercado o en las farmacias.

Las “biofactorías” (plantas o animales destinados a producir moléculas útiles en la industria) ya se conocían, aunque no se hubiera acuñado tal palabra: la adormidera, el pelitre, el nim, la barrilla, etc., se cultivan o cultivaron por sus compuestos: opio, insecticidas, sosa, esencias… Se buscan hoy plásticos degradables, moléculas para cosmética…, y, además, plantas productoras de biocombustibles. En este caso, el gran problema es la competencia con el alimento, al haberse utilizado grandes cantidades de grano de cereal para obtener “bioalcohol”, cuya consecución a partir de paja presenta problemas técnicos no resueltos8. El “biodiésel” no ofrece tal dificultad, y los grandes cultivos oleaginosos son importantes biofactorías, pero deben obtenerse nuevas variedades, o domesticar nuevas especies, para conseguir el objetivo industrial sin competir con el alimento. Nuevas biofactorías serán, además, los cultivos que incorporan vacunas orales o moléculas como la insulina (que fue el primer producto transgénico comercializado) y otras (vitaminas, hormonas, etc.) hoy producidas en cultivos de microorganismos.

Rendimiento

Los avances en técnicas de cultivo, el empleo de abono y de plaguicidas y la obtención continua de variedades mejoradas genéticamente produjeron un aumento incesante del rendimiento a lo largo del siglo XX, calculado en un 1,7% anual. Pero los crecimientos no son nunca eternamente lineales; se está llegando a un límite en la capacidad potencial genética, técnica y fitosanitaria, y de ahí la disminución de dicha tasa de crecimiento desde los años 80 del siglo pasado. Para 2050 se estima que será un 0,8%.

Habida cuenta de lo dicho anteriormente sobre el suelo agrícola, solo el 10% del crecimiento de la producción se conseguirá por aumento de la superficie; el 90% deberá hacerse por aumento en el rendimiento. Hay margen para conseguirlo. En efecto, se dan grandes huecos entre las producciones récord, las experimentales en los campos de ensayo y las prácticas en los de los agricultores.

Eso indica que se está lejos de haberse anulado la capacidad potencial de producir más, pero hace falta investigar para saber el porqué. Entre las estrategias posibles de mejora genética para conseguir rellenar esos huecos están los cambios en la arquitectura de la planta, la mayor y mejor utilización de recursos fitogenéticos (muy pobre en la mayor parte de los cultivos), una mayor eficacia en la fotosíntesis y una mayor eficacia en el uso de nutrientes y del agua.

El cambio climático

Para el contenido del presente artículo es indiferente la causa de un cambio climático que es inevitable, porque los ciclos geológicos se han sucedido y sucederán eternamente. Unas regiones serán más húmedas y otras más secas; habrá que cambiar el espectro varietal regional como ha venido sucediendo a lo largo de los siglos: no es lo mismo el trigo medieval que el actual, como tampoco el de latitudes nórdicas que el de las templadas. Habrá que disponer de un amplio espectro varietal en el que elegir; hay que mantener los recursos naturales porque en ellos verosímilmente habrá caracteres que ayuden a resolver el problema.

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 En definitiva, a manera de resumen de lo dicho en esta sección, se necesitará aumentar la eficacia en el uso de la tierra, del agua, de los nutrientes, de los fitoquímicos y de la energía (tanto la solar mediante la arquitectura de la planta como la artificial empleada en las operaciones de cultivo). Para todo ello disponemos de las técnicas de mejora genética que ya hemos repasado.

Los avances genéticos deben ir en paralelo con los avances técnicos. Los estudios realizados hasta ahora sobre los rendimientos muestran que, grosso modo, genética y técnica se reparten equitativamente el aumento registrado9. Huelga decir que deberían incorporarse técnicas casi olvidadas como las alternativas bien diseñadas; basta con ellas para romper el ciclo de patógenos (disminuyendo el uso de plaguicidas), equilibrar las extracciones de nutrientes (manteniendo así una composición física y química uniforme) y aumentar la fertilidad con el uso de cultivos fijadores de nitrógeno.

Los retos son grandes y el tiempo, corto. Los aumentos en la población y en sus necesidades en cantidad, calidad y seguridad de alimentos y en la salud no darán tregua. Una dificultad más es que no hay una única agricultura en el mundo y que cada tipo de agricultura exige un patrón propio de variedades: hay secanos, regadíos extensivos e intensivos (huertos), invernaderos, cultivos hidropónicos… En algunos países existen ya huertos urbanos y cultivos en canales y azoteas, y se proyecta una “agricultura vertical” en auténticos rascacielos, cultivando en medios artificiales, reciclando agua y elementos nutritivos, etc.

Hay que insistir en que todo ello conlleva la obtención de variedades aptas para cada tipo de agricultura con objeto de optimizar los recursos y maximizar el rendimiento. Habrá que mantener y ampliar la variabilidad existente para tener dónde elegir, y no estrechar la base genética de lo que tenemos, sino al contrario: ampliarla, utilizando para ello todos los genes posibles estén donde estén: en las colecciones de variedades cultivadas actualmente existentes, en sus parientes silvestres… De ahí la necesidad de conservar los recursos naturales: no es una cuestión romántica, es de la mayor importancia económica si se piensa en el futuro.

Reflexiones finales

¿Qué técnicas tenemos a nuestra disposición? ¿Cuál será la que aplicaremos, la “tradicional” o la “biotecnológica”? La pregunta esconde un falso dilema, como si para viajar debiéramos rechazar el tren o el automóvil y no elegir el medio más conveniente en cada momento. Tan falso es el dilema que, desde hace ya casi cuarenta años, la industria utiliza todas las técnicas descritas, incluyendo las de la ingeniería genética que aparecen ya en todas las facetas de nuestra vida: medicina, farmacia, alimentación, procesos industriales… Y recuérdese, simplemente, el caso de la insulina.

¿Qué razón hay para no utilizarlas en agricultura? Tras una veintena de años, tras más de doscientos millones de hectáreas y tras haber superado en superficie los países en desarrollo a los industrializados en cultivos transgénicos sin una sola demostración de efectos negativos y sí muchas ventajas, la actitud contraria está basada en razones ideológicas. Por supuesto, toda técnica novedosa requiere actuar con precaución, pero “precaución” no es “prohibición”, sobre todo cuando los argumentos en pro y en contra se pueden debatir con datos y no meras suposiciones.

La postura negativa de la UE la explicó el comisario de Agricultura en enero de 2006: “La autorización de nuevos OMG10 en la UE se basa en criterios científicos, pero este procedimiento no es aceptado políticamente…”. Ello explica por qué la UE aprueba la importación de harinas transgénicas para alimentación animal, pero prohíbe que los agricultores europeos siembren los cultivos que las producen…, ¡y que no se puedan importar de países africanos que han aprobado su cultivo…! Con razón un ministro keniano acusó a los europeos de hipocresía y arrogancia derivada “de una vida lujosa y de un estómago lleno11”.

Al cabo de diez mil años, la Agricultura, con mayúscula, aún puede hacer muchas cosas…, tanto más rápidamente cuanto más claras sean las ideas, más eficaces sean las técnicas disponibles y mejor preparado se esté. En el pasado, el tiempo no era un problema pero ahora, más que nunca, el tiempo es oro, y hay que utilizar todas las técnicas a nuestro alcance.

Se necesita una gran cantidad de genes que permitan obtener variedades resistentes a plagas, enfermedades, sequía, calor, frío, humedad, salinidad12… Esos genes están a veces en la misma especie cultivada, pero cada vez con mayor frecuencia hay que buscarlos en otras. ¿Dónde, por ejemplo, encontraremos genes para poder regar con aguas salobres? Con toda certeza en los saladares, pero las halofitas no se cruzarán las que nos interese; la ingeniería genética sí podrá extraer sus genes y transferirlos a los cultivos de interés. Y se hará, lamentablemente, fuera de la UE mientras mantenga una absurda política prohibitiva, que, sin embargo, permitirá a posteriori importar los productos obtenidos pero no sembrarlos en nuestro suelo.

El futuro ha de ser resuelto utilizando toda clase de conocimientos, de tecnologías y de formación. Se necesitan políticas agrarias y científicas coherentes y consistentes; las que no son admisibles son las decisiones políticas que marginen la ciencia.

Notas

  1. Harari, Y. N. (2016/2011). Sapiens: de animales a dioses. Ed. Debate, Barcelona.
  2. Existe la tendencia a hablar de selección inconsciente, cuando agricultores y ganaderos fueron siempre bien conscientes de lo que preferían. La única fase inconsciente fue la inicial, de ahí que se la denomine automática, después ya todo fue bien consciente, aunque, por razones obvias, intuitivo.
  3. Omito detallar las técnicas que utilizan los mejoradores en su labor. El interesado las tiene en mi Introducción a la mejora genética vegetal, Mundi Prensa, Madrid 2013.
  4. Término preferible al de “biotecnología” por muchas razones que no son del caso.
  5. World Agriculture: towards 2030/2050, FAO, Roma, 2012. (FAO: Food and Agricultural Organization, organismo creado por Naciones Unidas para agricultura y alimentación.)
  6. Cifras redondeadas.
  7. No siempre deben asociarse tales casos a la agricultura “industrial”; en efecto, la degradación de los suelos africanos obedece a la deforestación causada a lo largo de un par de milenios por los pueblos herreros de habla bantú.
  8. Por el contrario, el alcohol obtenido a partir de la caña de azúcar no presenta competencia alguna con el alimento.
  9. Un ejemplo paradigmático de la asociación genética-ingeniería es el del tomate para recolección mecánica ejecutado en el primer tercio del siglo XX.
  10. Organismos modificados genéticamente.
  11. Dr. Felix M’mboyi: “…hypocrisy and arrogance (of Europe)… not to let African farmers make full use of GM crops to boost yields and feed…” “…This kind of hypocrisy and arrogance comes with the luxury of a full stomach.”
  12. Resistencia o tolerancia a la salinidad no quiere decir que se tenga que sembrar en saladares, sino simplemente tolerar aguas quebradas. Lo mismo cabe decir de, por ejemplo, tolerancia a la sequía: no hay que pensar en sembrar en el Sahara, bastaría con poder regar con una menor cantidad de agua.
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