“No conocí el lobo cuando era pequeña. El año pasado perdí más de ochenta ovejas por los ataques”

María del Rosario García Barrigón es ganadera y secretaria de Igualdad de UPA Zamora. La llaman Charo y nació en el seno de una familia ganadera en Villarino de Sanabria (Zamora). Se fue a Madrid a trabajar y allí vivió durante años. Pero cuando ella y su pareja decidieron tener un hijo, volvieron al pueblo –“donde…

¿Fue difícil tomar la decisión de hacerte ganadera?

No. De pequeña ayudaba a mis padres y lo que más me gustaba era ir a pastorear las ovejas. Así que, cuando mi pareja y yo decidimos volver a Villarino para formar una familia y hacernos ganaderos de ovino, yo ya conocía bien lo que era la vida de la ganadería. Además, en aquel momento promovían mucho las primeras instalaciones.

Sin embargo, la profesión ha cambiado mucho. Es cierto que en los tiempos de mis padres ser ganadero era más esclavo. Además, las familias eran más grandes y todos teníamos que ayudar. Pero en aquel entonces había mucha más ganadería en los pueblos y se compartían los terrenos, por eso estaban mejor cuidados. También, en aquel entonces, tenían que cumplir menos requisitos, empezando por los sanitarios. Tampoco había tantos ataques de lobo. De hecho, yo no conocí el lobo de pequeña, mis padres nunca sufrieron ataques de lobo, y sin embargo ahora es una de las primeras preocupaciones para los ganaderos de esta zona. Y, para rematarlo, la ayuda de la PAC ha bajado mucho. Yo recuerdo que mis padres recibían 5.000 pesetas (30 euros) por oveja cuando comenzaron a cobrar la PAC. Todas estas diferencias se resumen en una: los ganaderos de la época de mis padres tenían mayor poder adquisitivo que nosotros. Además, con una diferencia muy considerable.

En relación con la fauna salvaje, ¿tienes problemas con otros animales además del lobo?, ¿alguna vez has calculado las pérdidas que te causan?

La mayoría de las pérdidas son causadas por el lobo, pero también tenemos problemas con otros animales. Este verano, por ejemplo, tuvimos muchos problemas con el zorro. Por otra parte, el jabalí destroza mucho las praderas, lo que significa que tienes que volver a cavarla sin la seguridad de que al día siguiente no la vuelva a levantar. Y, además de todo esto, los problemas sanitarios causados por el contagio de animales salvajes enfermos que beben y pastan en los mismos lugares que los tuyos. En esta zona tenemos menos problemas con eso, afortunadamente, pero los compañeros de otros lugares están muy tocados. Yo misma hace unos años sufría muchas pérdidas de ovejas y no sabíamos por qué, hasta que descubrieron que era por pasteurella transmitida por ciervos y corzos.

Es muy difícil contabilizar todas estas pérdidas. Por un lado, puedo decirte que el año pasado desaparecieron más de ochenta ovejas, de las cuales la mayoría se las llevó el lobo. A esa cantidad podríamos sumarles las ovejas muertas por enfermedades contagiadas de otros animales, si es que fuera posible contabilizarlas con exactitud. Y a todo esto habría que añadir el gasto que supone tomar medidas para protegernos del lobo. Es imposible dar una cifra exacta.

¿Qué métodos usas para protegerte del lobo?

El más sacrificado es el pastoreo, porque nos obliga a pasar el día entero fuera de casa y no tener ni un día de descanso. Además, implica mayor gasto en sueldos. La medida que supone una mayor inversión es la nave para que duerman las ovejas por la noche. Sin ella tendríamos que pasar también las noches con los animales en el monte, y aun así habría que ver si podríamos protegerlos realmente de los ataques nocturnos, los más frecuentes.

Por otro lado, un gasto muy importante –que por cierto los ecologistas muchas veces no valoran– son los perros mastines. Mantenerlos no es nada barato. Yo tengo ocho, más dos cachorros este año porque la presión del lobo no deja de aumentar. Mantener cada mastín me sale sobre 500 euros anuales entre comida, vacunas, seguro y demás. Por último, tenemos un cercado eléctrico para una extensión de unas tres hectáreas. Lo vamos moviendo por el terreno y, la verdad, es un engorro moverlo, pero de esta manera las ovejas pueden pastar solas unas horas y así tenemos tiempo para otras tareas de la explotación o domésticas. Si echas cuentas de todo, sale carísimo. Un control de la población de lobos nos quitaría la mitad de los gastos.

¿Cómo te afecta a ti en tu día a día la brecha creciente entre el mundo rural y el urbano?

En servicios y oportunidades. Cada vez tenemos menos población y es la razón que esgrimen para retirarnos servicios, lo que hace que menos gente esté dispuesta a quedarse en los pueblos. Es la pescadilla que se muerde la cola.

En mi pueblo hay censadas unas veintidós personas. No hay más familias jóvenes, ni siquiera parejas más jóvenes que nosotros. El único niño es mi hijo, que va al instituto de un pueblo que está a doce kilómetros. Imagino que a él le dará tiempo a graduarse antes de que lo cierren, pero lo terminarán cerrando. Si tenemos que ir al médico, acudimos al centro sanitario de ese mismo pueblo. Eso sí, los especialistas van periódicamente, y te estoy hablando de especialistas muy básicos como un pediatra. Para la mayoría de las consultas y pruebas tenemos que irnos a Zamora, que está a 120 kilómetros. En cuanto a transporte público, nada. Hay transporte para que los niños vayan al colegio y un autobús que pasa una vez a la semana sobre todo para que la gente mayor pueda hacer sus recados, pero ningún servicio diario.

Participas en una de las iniciativas más virales en los últimos meses, la versión de “Despacito” realizada por Ganaderas en Red. ¿Cómo surgió este grupo y qué efecto habéis conseguido?

Surgió porque en una reunión celebrada por una plataforma ganadera había un montón de hombres, pero las mujeres podían contarse con los dedos de una mano. No era un caso aislado, sino la tónica general. Hay muchos casos de compañeras cuyos maridos no les dejan ir a este tipo de reuniones y otros en los que ellos asumen el papel de representante y cara visible, invisibilizando el trabajo de sus mujeres. No hay nada más lejos de la realidad de nuestra profesión, en la que tradicionalmente las mujeres han desempeñado un papel importante y, en muchas ocasiones, han sido las únicas responsables de las explotaciones. Por eso, aquel puñado de mujeres se plantó y decidió dar a conocer nuestra importancia en este sector.

Yo creo que estamos consiguiendo este objetivo prioritario a la vez que estamos mostrando al resto de la sociedad que existe una ganadería diferente a la que imaginan y que beneficia a todos. También se han estrechado mucho los lazos con otros colectivos con los que tenemos que trabajar, por ejemplo, los ecologistas.

¿Cómo comercializas tu producto?

Estamos muy alejados de todo, lo único que podemos hacer es venderle el ganado al típico tratante que te da dos duros por él o a través de cooperativas, en las que pasa un poco lo mismo. Además de estas dos opciones, tenemos la de vender el producto en mercados ganaderos, y en este caso el precio que obtenemos es más justo.

¿Perteneces a alguna denominación de origen o sello de calidad?

No, pero me gustaría hacerlo. De hecho, me gustaría que creasen un sello para diferenciar la carne de ganadería extensiva de la intensiva. Es increíble que a estas alturas no exista. Yo creo que el público conoce los beneficios de esta forma de producir –fijando población rural, evitando incendios forestales, proporcionando el máximo bienestar al ganado…–, estoy segura de que un sello diferenciador para la carne de extensivo sería muy bien acogido y a nosotros nos permitiría recuperar lo que perdemos por nuestra forma de producir.

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