La vida está llena de paradojas. Y una de ellas la estamos viviendo este año en la agricultura y la ganadería españolas. Tras un buen invierno de lluvias, con carácter general, estamos ahora sufriendo las consecuencias de una de las sequías más graves en décadas. Los pantanos están con un nivel generoso de ocupación, pero tenemos las tierras secas, las cosechas mermadas, los árboles afectados y el ganado extensivo sin pastos para comer.
La situación es muy grave y no querer reconocerlo no ayuda a que el problema desaparezca o se diluya sin apenas notarse. No es suficiente, como ha pretendido hasta ahora el Gobierno, limitarse a convocar una mesa, no plantear nada nuevo más allá de herramientas ya conocidas y poco útiles, y esperar a ver si el final de primavera y principio de verano trae algún golpe de suerte en forma de lluvia

