Adaptación, mitigación… y soluciones
Otro año de récords. Uno más, en una carrera hacia el infinito que parece no tener límite. Y aún hay quien niega la evidencia de que el cambio climático es una realidad global, con efectos muy graves sobre todos los órdenes de la naturaleza y la dependencia de todas las personas, en todo el mundo, del comportamiento del clima.
No son fenómenos extraordinarios, que también los hay inevitablemente; es el reflejo de una tendencia sostenida durante décadas, con temperaturas cada vez más elevadas durante más tiempo, periodos de sequía prolongados en áreas históricamente húmedas, incendios forestales de una voracidad desconocida, lluvias y tormentas que se llevan todo por delante… En definitiva, el resultado progresivo del cambio climático sobre el que vienen alertando desde hace mucho, mucho tiempo, desde la evidencia y el conocimiento científico.
Todas las actividades productivas, laborales y sociales se ven afectadas por los dislates climáticos. Pero si buscamos una primera línea de choque, ahí estamos nosotros y nosotras, agricultores y agricultoras, ganaderos y ganaderas, que vemos como se alteran cada vez más los ciclos productivos de las siembras y cosechas, de la supervivencia de las plantas y la maduración de los productos en los cultivos leñosos, de la generación de pastos y recursos para el ganado; y, en general, de la disponibilidad de agua parta sostener las producciones.
Nuestra relación con el clima es absoluta. No se trata solo de un tema recurrente de conversación social en un ambiente refrescado por el aire acondicionado, ni de alarmarse cada día durante unos minutos viendo los telediarios o repasando las noticias en el móvil, que nos alertan constantemente de nuevos récords en todos los parámetros frente a las medias históricas.
A nosotros y nosotras, el clima nos condiciona absolutamente el trabajo en el campo. Por ello, llevamos décadas, apoyados en los criterios científicos, advirtiendo de la que se nos viene encima. En una labor callada, individual y al tiempo sectorial, adaptando nuestras explotaciones a los cambios climáticos. No nos queda otra. Esa es la primera receta: adaptación. Planificar nuestras cosechas y las orientaciones productivas a una realidad incuestionable.
Debemos afrontar los cambios con estrategias de producción que reduzcan las consecuencias más negativas de los cambios climáticos, con la elección adecuada de semillas y plantones, con calendarios productivos que mitiguen la previsión de olas de calor continuadas… Sin olvidar, la minoración de los graves efectos sobre la salud y las condiciones laborales de las personas que trabajamos en el campo.
El siguiente reto es la mitigación. Y aquí es donde todas las Administraciones –desde Naciones Unidas a gobiernos nacionales y territoriales- tienen su enorme cuota de responsabilidad y la capacidad de apostar por el futuro o rendirse ante el negacionismo absurdo y destructivo.
Pero todas y todos nosotros también somos responsables, presionando para conseguir una mayor conciencia social que termine haciendo inevitable el compromiso político global para soluciones que solo serán tales si verdaderamente dan la vuelta al mundo.
Solo así llegaremos a tener soluciones públicas, políticas y sociales. No nos valen ni el catastrofismo ni la resignación. No hay recetas mágicas, el proceso de cambio seguirá acentuándose, y si no queremos llegar a un punto sin retorno, debemos actuar ya.
Foto de portada: Incendio forestal en la provincia de Cáceres en este 2026. Shutterstock

