La gestión post-incendio y el papel de las comunidades rurales en la reducción del riesgo y en la restauración productiva y protectora de los montes
En los últimos años, los incendios forestales han adquirido una dimensión sin precedentes en Europa, reflejando tanto el impacto del cambio climático como las dinámicas socio-ambientales de los territorios rurales y urbanos. Según datos recopilados por el Joint Research Centre, JRC, de la Comisión Europea mediante el sistema de información de incendios forestales EFFIS y reportes vinculados al Global Wildfire Information System, GWIS, en la Unión Europea ardieron un total de 383.317 hectáreas en 2024, valor que, aunque menor a las cifras de 2023, se sitúa por encima de la media de los últimos 17 años y confirma la tendencia de estaciones de incendios más largas e intensas.
En ese año se registraron 8.343 incendios en los países integrantes del Mecanismo de Protección Civil de la UE, siendo especialmente el Mediterráneo y el sur de Europa los territorios más recorridos por el fuego. Según los datos preliminares de 2025, la superficie afectada por incendios forestales ha superado ampliamente el millón de hectáreas en el conjunto de la Unión Europea, la cifra más alta desde que existen registros detallados, afectando de manera severa a países como España, Portugal, Italia y Grecia. Estas cifras reflejan no sólo un aumento en la extensión de los incendios, sino también cambios en la periodicidad, duración y severidad de los propios incendios.
Este escenario subraya la necesidad de reorientar la gestión forestal hacia enfoques que integren prevención, extinción, restauración y adaptación climática en paisajes afectados por el fuego, con un énfasis particular en la realidad social y productiva del medio rural. En este artículo se sintetiza el conocimiento actual sobre la ecología del fuego en ambientes mediterráneos, se presentan criterios prácticos de gestión post-incendio basados en el marco de selvicultura adaptativa, se reivindica el papel de las comunidades agrarias en la reducción del riesgo y en la restauración productiva y protectora de los montes, y se describe el enfoque del proyecto FLAME para acompañar las transiciones pinar, matorral hacia paisajes más funcionales y seguros.
Incendios forestales en el contexto europeo actual
El régimen de incendios, entendido como el patrón a largo plazo de frecuencia, estacionalidad, severidad y extensión de los incendios forestales en un determinado lugar, está cambiando en Europa y en particular en la cuenca mediterránea. Las políticas históricas de supresión del fuego o ausencia de gestión forestal, el éxodo rural y la consiguiente acumulación y continuidad de la vegetación (lo que se suele denominar combustible horizontal y vertical), la mayor frecuencia de igniciones de origen humano y la intensificación de sequías y olas de calor asociadas al cambio climático, han incrementado la probabilidad de grandes incendios de alta severidad, con impactos ecológicos y socioeconómicos considerables.
La literatura reciente documenta incrementos globales del riesgo de incendios por descensos en la humedad del combustible vegetal, eventos de propagación extrema y conversiones de bosques a matorrales o pastizales tras fuegos severos y recurrentes. Esta dinámica es especialmente visible en pinares, por ejemplo, de pino carrasco (Pinus halepensis M.), donde la regeneración abundante tras el fuego puede generar repoblaciones hiperdensas, estructuralmente homogéneas, vulnerables a sequías, plagas y, por consiguiente, a nuevos incendios.
En el sur de Europa, incluyendo España, Portugal, Italia y Grecia, la combinación de abandono de usos agroganaderos tradicionales, discontinuidades en la cadena de valor de la biomasa y menor rentabilidad de la gestión forestal convencional, ha debilitado los paisajes mosaico que históricamente interrumpían la continuidad de vegetación. Revertir esta tendencia exige integrar la política forestal con la política agraria y de desarrollo rural, promoviendo mosaicos agroforestales productivos, pastoreo y cadenas de valor de biomasa que, además de fijar población, reduzcan el riesgo y los impactos de incendios de gran escala.
Ecología del fuego en sistemas mediterráneos
El fuego es un ingeniero de ecosistemas que modela la composición, estructura y funcionamiento de nuestras masas forestales. En ambientes mediterráneos, muchas especies presentan rasgos adaptativos al fuego, desde la serotinía en pinos como el pino carrasco, hasta estrategias de rebrote en, por ejemplo, arbustos. Sin embargo, cuando la severidad y la recurrencia se elevan por encima del rango históricamente conocido por el ecosistema, o se superponen periodos de aridez prolongada, los procesos de regeneración se desajustan y emergen puntos de inflexión que conducen a trayectorias alternativas de vegetación, por ejemplo, cambios de bosques a matorrales o pastizales con menor almacenamiento de carbono y servicios ecosistémicos distintos.
Estos cambios no son lineales ni uniformes. Dependen de la bioclimatología, la topografía, el suelo, la severidad e intervalo entre incendios y las decisiones de gestión inmediatamente después y durante las décadas siguientes al incendio. En pinares de carrasco, la combinación de piñas serótinas abundantes y semillado masivo puede resultar en decenas de miles de brinzales por hectárea, lo que, sin tratamientos o gestión, se traduce en masas hiperdensas con alta competencia hídrica, mortalidad elevada y acumulación de combustible fino, incrementando la probabilidad de incendios de copa futuros.
Alternativamente, cuando el intervalo entre incendios es corto y coincide con años secos, la regeneración post-fuego del pinar puede fracasar y favorecer comunidades dominadas por arbustos rebrotadores o por herbáceas perennes, con cambios sustantivos en el régimen hídrico y en la inflamabilidad del paisaje. Desde una perspectiva funcional, la diversidad de estrategias post-incendio, rebrotadoras y semilladoras, y la heterogeneidad estructural a varias escalas, parcela y paisaje, sostienen mejor la multifuncionalidad del ecosistema, la regulación del ciclo del agua, la productividad y la provisión de hábitats. Integrar estas dimensiones ecológicas es clave para orientar la gestión post-incendio hacia resultados realistas en un clima que cambia.
Gestión forestal post-incendio y selvicultura adaptativa: resistencia, resiliencia y transición
En contextos de incertidumbre climática y regímenes de fuego alterados, la Silvicultura Adaptativa al Cambio Climático propone un gradiente de opciones que abarca tres estrategias complementarias: resistencia, resiliencia y transición. Este marco, testado por redes como Adaptive Silviculture for Climate Change, ASCC, ofrece un lenguaje común para fijar objetivos, diseñar tratamientos y evaluar resultados a diferentes horizontes temporales:
Resistencia. Busca mantener condiciones actuales donde el valor ecológico, social o protector del estado presente sea irrenunciable. Las prácticas típicas incluyen reducciones de continuidad vertical y horizontal de la vegetación, clareos selectivos y fuego prescrito para atenuar la intensidad y la propagación de futuros incendios, disminuir la competencia por agua y nutrientes y proteger elementos sensibles. En masas hiper-densas de pino carrasco, los clareos tempranos y sucesivos, combinados con manejo de combustibles finos y continuidad vertical, reducen el riesgo de incendios de copa y el estrés hídrico en eventos de sequía.
Resiliencia. Asume que ocurrirá la perturbación, pero persigue favorecer la recuperación del ecosistema, su estructura y funciones, dirigiéndolo hacia un estado comparable al previo al incendio. Las acciones típicas son la regeneración natural asistida, la diversificación de edades y especies, la creación de heterogeneidad espacial, claros y rodales con distinta densidad, y la protección de suelos y cursos de agua. En pinares mediterráneos, favorecer especies rebrotadoras y matorrales funcionalmente diversos puede amortiguar la erosión, estabilizar el microclima edáfico y acelerar el retorno de procesos clave como la descomposición y el reciclado de nutrientes.
Transición. Reconoce que, bajo determinados escenarios, que el ecosistema vuelva al estado anterior al fuego no es factible ni deseable. En tal caso se acompaña al sistema hacia un nuevo estado estable compatible con el clima y régimen de incendios esperables. Esto puede incluir enriquecimientos con frondosas esclerófilas tolerantes a sequía, rediseño de cortafuegos vivos de baja inflamabilidad, o gestión espacial que priorice la provisión de agua, la fijación de carbono frente a otras funciones productoras del ecosistema. La clave es explicitar objetivos, umbrales de decisión y seguimiento de indicadores.
En este contexto, la gestión post-incendio se despliega en dos enfoques. Primero, la emergencia, centrada en seguridad, erosión y agua, donde fajinas, acordonados, mulching y cierre de pistas reducen pérdidas de suelo. Segundo, la reconstrucción ecológica y productiva, que se inicia desde el primer otoño y se extiende durante años, cuando se planifican clareos, repoblaciones, plantaciones de enriquecimiento, manejo del matorral, pastoreo dirigido y mosaicos agroforestales.
La experiencia acumulada en el Mediterráneo muestra que tratamientos bien diseñados evitan falsas expectativas, por ejemplo, plantaciones densas en ambientes de agua limitante que fracasan o elevan el riesgo futuro. En este contexto, la secuencia de actuaciones importa tanto como cada actuación individual.
El papel del medio rural y el territorio
Los paisajes mediterráneos con menor riesgo de incendios catastróficos no fueron fruto exclusivo del azar, sino del trabajo continuado del mundo rural que mantenía mosaicos de cultivos leñosos, pastos, dehesas, aprovechamientos de leñas y ramoneo, resinación y carboneo. Ese “metabolismo territorial” generaba discontinuidades de combustible, pistas forestales y puntos de agua, además de un conocimiento local de enorme valor operativo en prevención, extinción y restauración. La despoblación y la pérdida de rentabilidad de estos aprovechamientos favorecieron la homogeneización de masas y la acumulación de “combustible”, con el consiguiente incremento del riesgo de incendios forestales.
Reactivar el papel del sector agrario y forestal requiere políticas integradas que remuneren servicios ecosistémicos, faciliten cadenas de valor para la biomasa y la madera de pequeñas dimensiones, incentiven el pastoreo en zonas estratégicas, y reconozcan a las cooperativas y asociaciones locales como socios en la planificación del territorio.
En zonas de interfaz urbano-forestal, el acompañamiento técnico a propietarios, el seguro de gestión activa y la fiscalidad favorable a tratamientos preventivos son herramientas que pueden marcar diferencias en pocos años. Asimismo, los acuerdos de custodia y los planteamientos a nivel de paisaje permiten alinear intereses privados y públicos para mantener mosaicos productivos que reduzcan la continuidad del combustible.
En la fase post-incendio, involucrar a comunidades de regantes, ganaderos y cooperativas agrarias ayuda a priorizar actuaciones que protejan suelos fértiles e infraestructuras hídricas, a coordinar calendarios de pastoreo sobre regenerado para modular el rebrote de matorral, y a valorizar subproductos, restos de clareos y biomasa leñosa en, por ejemplo, bioenergía. Esta gobernanza colaborativa, con objetivos explícitos y protocolos sencillos, acelera la recuperación y reduce el riesgo futuro de incendios forestales.
El enfoque del Proyecto FLAME para las transiciones pinar-matorral
El proyecto FLAME, Fire, Led Alteration of Mediterranean forest Ecosystems, se plantea como una hoja de ruta científica y operativa para comprender y gestionar las transiciones de pinares de pino carrasco hacia matorrales bajo regímenes de fuego más severos y recurrentes, y bajo condiciones de mayor aridez. El proyecto no presenta aún resultados, pero sí define con claridad objetivos, metodología y entregables que son de gran utilidad para orientar políticas y prácticas en el medio rural y forestal.
El objetivo general es el de evaluar las consecuencias ecológicas de las transiciones pinar, matorral en contextos mediterráneos afectados por incendios, analizando la ecohidrología, la diversidad funcional y de especies, la estructura forestal y la multifuncionalidad, y comparando escenarios gestionados y no gestionados para identificar las trayectorias y acciones que incrementen la capacidad adaptativa del territorio.
En suma, FLAME aportará un catálogo de tratamientos, criterios de diseño espacial y un sistema de soporte a la decisión que, una vez implementados, permitirán a los gestores elegir estrategias acordes con las características de cada comarca y con las prioridades del tejido rural. Aunque el proyecto se encuentra al inicio, su enfoque ya constituye una referencia para el rediseño de políticas y actuaciones post-incendio en la España mediterránea.
Hacia un mundo futuro, que no tiene nada de nuevo
La gestión forestal tras el fuego no puede limitarse a repoblar árboles de forma indiscriminada en las zonas afectadas por el fuego. Debe partir de diagnósticos realistas de utilización y recursos disponibles como el agua, suelo, estructura y conectividad de la vegetación y el paisaje, y de objetivos explícitos que combinen seguridad, conservación y economía rural. Tres líneas de acción, interdependientes, emergen con claridad:
1. Re-introducir el mosaico productivo. Integrar aprovechamientos agrarios, pastoreo y selvicultura preventiva para romper continuidades y generar ingresos. El pastoreo, combinado con manejos selectivos del matorral, reduce combustibles finos, favorece rebrotadoras menos inflamables y puede insertarse en contratos territoriales que remuneren servicios ecosistémicos que genera el territorio, incluyendo el de prevención frente a incendios forestales.
2. Gestionar densidades y estructura. En pinares hiper-densos, priorizar clareos que reduzcan competencia hídrica, bajen carga de combustible y eleven resistencia a estrés y fuego, integrando fajas y discontinuidades verticales, con un mantenimiento programado. Donde el retorno al bosque es improbable, guiar transiciones hacia mosaicos de matorrales funcionales con bajos combustibles en verano, islas de arbolado tolerante a sequía y corredores de conectividad para fauna, minimizando frentes de propagación de los incendios futuros.
3. Gestionar el agua como eje. La ecohidrología debe orientar decisiones. En ambientes de agua limitante, la ganancia marginal de carbono mediante plantaciones densas puede ser negativa si dispara la mortalidad y el riesgo de incendio. Los indicadores que FLAME busca estandarizar facilitarán reglas de decisión sobre densidades, especies y espaciamientos que maximicen agua azul, infiltración y recarga, y agua verde bien distribuida a lo largo del año.
Por último, es necesario indicar que para que estas líneas propuestas prosperen se necesita financiación estable, contratos multianuales y una alianza entre administraciones forestales y agrarias, propietarios, cooperativas y empresas del sector. La capacitación técnica y la coordinación con protección civil completan el andamiaje para una gestión adaptativa que aprenda y mejore en cada campaña de incendios y ajuste tratamientos y densidades a lo largo del tiempo.
Referencias
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Artículo publicado originalmente en el Anuario de la Agricultura y Ganadería Familiar 2026.









